Cuento Corto
Un relato sobre el cruce, la memoria y los libros que nos persiguen
Jodida, es la única palabra que puedo utilizar ahora para describir como me siento. Sí, lo sé, quizás deba utilizar otra palabra cuando se trata de resumir un estado, quizás cansancio. Pero cansancio es muy vago, muy amplio y ahora mismo no pienso en que estoy cansada, sólo jadeo, jadeo cada diez pasos, cada pausa es una pausa que tomo solo para jadear de forma más honda.
No sé dónde nos dirigimos, Lalo va delante de mí por muchos pasos y hace minutos que ni siquiera voltea la cabeza para ver si aún sigo aquí. A mí también hay cosas que dejan de importarme. No me preocupo en apartar las ramas que voy encontrando, por el contrario intento deslizar mi cabeza por entre ellas y abrirme paso mientras sostengo las correas de mi mochila, en el intento de restar el peso que castiga mi ya cansada espalda. ¿Lo de las ramas? Dije que no me importa si mi cara se lastima un poco más, los hombros son los que llevan la mayor carga y aumentan el dolor que supone haberme adentrado en este monte.
Antes de iniciar el camino, el autor se define como
Tengo esta especie de sudor impertinente que baja desde mi frente hasta mi cuello para detenerse en las jaboneras. Me gusta pensar en eso, me hace recordar que partes de mi cuerpo tienen nombre graciosos. Claro que me refiero a las clavículas. Aunque todo mi cuerpo suda, siento con especial atención algunas gotas que bajan por mis muslos.
Miro hacia arriba y no hay sol sino una tímida claridad, un remanente de este día que para mí empezó hace catorce horas. Desde que tomamos el autobús en ese infierno racista llamado sur profundo, hasta Carolina del Norte, donde se supone que hay menos peligro para indocumentados. Por lo menos eso me dijo Lalo, quien me viene acompañando desde que logré cruzar. Pero ahora no encuentro dirección, siento que vagamos sin rumbo por este estúpido monte y no quiero mostrar miedo preguntando si falta mucho, porque además ¿Mucho para qué? ni siquiera sé si me lleva a sitio alguno o quiere solo matarme de cansancio y dejarme abandonada en este matorral.
Pero debo confiar. Confiar en él, confiar en mi padre quien le pagó ya la mitad por su gestión y prometió pagarle el resto en cuanto nos reúna. ¿Puedo confiar en un padre que tengo catorce años que no veo? No lo sé, la gente cambia.
Acabamos de cruzar un pequeño sendero. No tiene lógica que hayamos llegado hasta aquí de forma paralela a este maldito sendero, cuando pudimos haberlo transitado desde el principio, evitándonos así mil rasguños y cincuenta mil pasos por ese monte de mierda que me destrozó los riñones. Lalo se detiene junto a un banco y toma un libro que hay sobre él. Lo mira con curiosidad y por primera vez en cinco horas voltea la mirada hacia mi y extiende las manos ofreciéndome el libro al mismo tiempo que su cabeza hace un gesto afirmativo. ¿Para qué voy a querer yo tomar eso? puede tener polilla o haber sido orinado por cualquier animal.
Paso por delante de él ignorando la mano que me extiende y me siento en el banco para quitarme la mochila y descansar. Él sonríe congraciándose en el desprecio que le tengo y tira el libro al piso, justo al lado del banco. No pude evitar mirar de reojo. El libro cayó bocabajo tapando así la portada.
Ahora quiero que recuerdes cuando tenías seis años, habías aprendido a escribir y de forma precaria conectabas algunas oraciones en lo que ahora sería un párrafo. Ya habías superado la etapa gloriosa en la que habías descubierto como escribir tu nombre y no había rincón alguno de la casa que no fueras marcando con esas letras que de forma mágica te contenían. Al mover los labios mientras leías cada sílaba, sentías ese chispazo placentero en el cerebro. Aún así, a esta edad que te estoy pidiendo recordar, cuando ya tienes ocho años, no tienes mejor idea que tomar todos los libros que te compraron para tu año escolar y con un lapicero y de forma rudimentaria prensar las hojas del libro y con varios trazos escribir tu nombre en el bloque de hojas que se forman en la parte contraria al lomo.
Lo ignorabas, pero eras un simple ser de las cavernas escribiendo con mierda de murciélago algunos grafemas ininteligibles sin ninguna importancia posterior. Te sientes un genio, la imprenta que ha hecho el libro sólo ha tenido la audacia de escribir en la cara y reverso de las hojas y tú sentías que allí faltaba algo. Poco a poco fuiste aprendiendo que tu asqueroso gesto solo jodía la vida de las persona que compraban posteriormente esos libros en mercados de segunda mano. Lo viviste en carne propia cuando tuviste que pasarte un año entero con un libro que decía un asco de nombre que no tenía una sola letra en común al tuyo.
Ahora te pido volver de tu ridícula remembranza que seguro ha hecho tu día más o menos miserable, depende de como haya terminado tu niñez, y que me ayudes a tratar de entender el porqué el libro asqueroso que L tiró justo a mi lado y que se encontró en esta montaña, basta decir maldito monte, tiene no solo mi nombre escrito en la forma que acabas de recordar, sino también los trazos que yo puedo reconocer como míos. Eso me da curiosidad por algunos segundos y casi extiendo la mano para tocarlo. Recapacito a mitad de la acción y pienso en como el cansancio puede estar jugando con mi cerebro. ¿No quieres pensar en que estás cansada? Entonces mira como te doblego, hija de puta. Mi cansancio es un asqueroso machista que recurre a epítetos tan manidos y a trucos tan absurdos. No espero menos de él.
Aprieto lo ojos y filtro por entre el jadeo una respiración que me causa un ligero dolor placentero en el pecho y las costillas. Escucho el crujir leve de los pasos del coyote alejándose de mi con la seguridad de que en algún momento tendré que seguirle. Me incorporo, exhalo e inhalo otra vez para abrir los ojos y tomar la mochila. No sin antes inclinarme hacia el libro. Esta vez más de cerca, entonces puedo leer mi nombre de forma clara y apenas manchado por un ligero vaho.
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