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El Pez en el Agua: Vargas Llosa

Una lectura sobre las memorias de Mario Vargas Llosa y la construcción de su identidad


Durante los diez primeros años de su vida, la madre de Mario Vargas Llosa le había hecho creer que su padre había muerto, para, un día, anunciarle que aquel hombre de la foto, por cuyo descanso eterno él rezaba cada noche, vendría a vivir con ellos para darle un infierno diario.

Que su padre apareciera de repente, como una figura fantasmagórica es algo que él mismo autor ha dicho en más de una ocasión le resulta un evento más producto historia de Dumas, que la vida de un niño de provincia.

Sobre su padre hablará desde la primera página de «El Pez en el Agua», titulando el primer capitulo como «Ese señor que era mi papá», utilizando el adjetivo demostrativo para distanciarse aún más del hombre al que describiría como resentido social, Alberto Vargas se avergonzaba de su origen humilde contrario al de los Llosa, de cierto abolengo.

Al hombre de pocos refinamientos que era su padre le parecía ofensivo que su hijo disfrutara de algo tan femenino como la lectura de novelas. Decidió que para endurecerle, debía alejarle del ambiente mimado en el que había crecido y enviarle al Colegio Militar Leoncio Prado.

Allí su personalidad contrastaba con la de sus compañeros, ganándose el mote de «el poeta», sobrenombre que es asignado con facilidad en un grupo de jovencitos a quien tenga afinidad por los libros y escriba con suficiencia. En el particular en el Leoncio Prado, vivencia a la cual regresará sin nostalgia en varios momentos de la narración.

Le impactó que el origen de sus compañeros representaba todas las clases sociales del Perú, esto le permitió conocer otras realidades y tener una visión de su país mayor al microcosmos de Lima. Dirá luego que ese conocimiento acelerado de su país solo sería superado como experiencia por la de recorrer el territorio nacional varias veces durante su campaña electoral.

Redactó por encargo las cartas de amor de sus compañeros y a través de esta habilidad creó alianzas para huir de las riñas propias de la institución. Durante las vacaciones del colegio consiguió trabajo como redactor en un periódico de tirada local.

De dichas tareas, la de escribano de sus compañeros y redactor, trascendió lo mecánico y ayudó a fijar en él los recuerdos que luego plasmaría en La ciudad y los perros.

Su padre lo envió al mundo donde pensó que forjarían el carácter agresivo que él proyectaba en un hombre, y allí consiguió su primer trabajo como escritor, una mayor visión de su país y experiencias de donde sacaría su primer éxito literario.

Resulta paradójico que aquello que su señor padre creía que iba a endurecerlo, terminó por hacerle brotar su talento. Al mandarlo al mundo militar, el don le sacó el don, si se quiere.

Una vez establecido como una de las figuras más reconocidas del boom latinoamericano, le llega el llamado de la política. Su idea era detener el populismo en el Perú que le tocó defender de autoritarismo en sus años de estudiante. Como presidente, su plan de gobierno iniciaría creando un ambiente de libre mercado y entregando a las empresas el manejo de muchos de los servicios públicos, reduciendo de paso la carga social sobre el gobierno.

Vargas Llosa recuerda la campaña electoral no como un proceso político de un país moderno, sino como una cacería ética contra su persona. El culpable recurrente es Alan Garcia y el oficialismo; pero en el fondo el texto revela la colisión entre dos mundos: la elegancia señorial de un escritor que se niega a prometer lo que no hará y el carisma telúrico de un Fujimori que sabía hablar el lenguaje del pueblo.

Él se negaba a ser populista y prometer solo por alcanzar el poder, se negaba a traicionar sus principios. Perderá frente a Fujimori y el resto es una cárcel para el presidente y un Premio Nobel para el escritor que la prensa al servicio de oficialismo se encargó de tildar como degenerado, tanto por su vida privada como por el material escandaloso de su obra.

Esa misma exigencia de coherencia y su estricta visión del ejercicio de escritor lo harán implacable contra todo aquel que no se lo tome tan en serio como él.

Para el peruano, el trabajo de un escritor es sortear los obstáculos que la vida pone entre el autor y la hoja sin perder sus convicciones, de esta forma su relato sobre la campaña electoral es la de un vencedor.

Durante los años más encarnados de la guerra fría supo librarse del estigma de un escritor cautivado por las dos ideologías que se enfrentaban. Rompió con la revolución cubana cuando señaló lo que para él eran violaciones de los derechos humanos y la libertad individual. Pero también sabía que afiliarse a una de las corrientes era militar en lo que el escritor dominicano, Juan Bosch, llamó perder la cabeza.

Para él, por encima de las ideologías reside el oficio, el cual Implica jugárselo todo por la individualidad. Apoderarse del destino dispuesto y ejercerlo sobre cualquier impedimento y cuando la vida se ponga por delante sacar de las experiencias el material para alimentar la necesidad de contarlo todo.

En la narración, es muy frecuente encontrar a un escritor muy crítico y demandante de coherencia con los amigos que mostraron interés y luego no lo aplicaron a una vida consagrada a la literatura.

En su mente, parece distinguir dos tipos de hombres: aquellos que hablaban y parecían jugarse la vida por la literatura y, posteriormente, fueron coherentes con sus palabras; y aquellos que perdieron el tiempo y se lo hicieron perder a él. A estos últimos, se refiere con un velado desprecio, hablando de aquellos que mostraron un talento más grande que la vida misma y que luego se esfumaron.

Utiliza el paternalismo como tiro de gracia contra sus pares. Se muestra poseedor de una ética inalcanzable para quienes le adversaron en el campo político o literario.

Adquirió la misma rectitud de carácter frente al comportamiento de los otros que tanto le había reprochado a su padre.

Se dijo que sería escritor y que de no lograrlo se convertiría en una versión de su padre, la persona que mayor aversión le causaba.

«El pez en el agua» es la crónica de un hombre que ha construido su identidad como una reacción contra la figura de su padre, y que luchará contra los autoritarismos como extensión natural de su rebeldía.

Una vez dadas sus versiones sobre lo ocurrido durante la campaña electoral, sus memorias no solo son el relato de una derrota política ni la exaltación de una carrera literaria; son las confesiones de un hombre que logró escapar del destino que figuras más poderosas que él le diseñaron para construir una imagen de autosuficiencia y señorío sobre su propia vida y voz.

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